"Por todos los Azules, Robin... ¿qué estás haciendo?"
"Padre, yo... nada. Nada, padre."
"¿Cómo que nada? ¿Llamas a esto nada? Pensabas salir otra vez sin decírselo a nadie, ¿no es cierto?"
La chica, arrepentida, miró las suelas de sus zapatos, incapaz de aguantarle la mirada al regio rey azulado que estaba frente a ella, con reproche en sus ojos. En un arrebato de molestia consigo misma había tratado de escapar de nuevo de la seguridad del palacio, vestida como una campesina.
"...¿Por qué no puedo, Padre?" Robin se mordió el labio inferior, pero las palabras salían como un torrente de su joven boca de quince años. "Todos, ¡todos están afuera! Todos pueden salir, jugar, divertirse... ¿por qué debo quedarme encerrada en el castillo?"
"Sabes por qué."
"¡Entonces no quiero el trono!" La mirada de su padre fue severa, pero eso no la asustó. "¡Quiero vivir!"
"Si no consideras esto una vida..."
"Tengo riquezas, tengo poder. ¿Me sirve de algo si no tengo libertad para usar ese dinero o pasear por las calles tranquilamente? Tengo que renunciar hasta a mi género por una corona que nunca quise. Yo-"
"¡BASTA!" Gritó el rey. La chica, asustada, dio un paso atrás. Jamás le había visto así. "...Solo ve a tu cuarto."
"Sí, padre." Dijo Robin, la garganta atorada por los sollozos. Presurosa, salió de la sala, antes de ver a su padre derrumbarse en la silla.
"Lo siento, mi pequeña... Es por tu bien. Lo entenderás algún día." Deseó, desde lo más profundo de su anciano y cansado corazón.
En su cuarto, Robin lloraba, aferrada a una almohada. "...¿Por qué, Padre?"